lunes, 21 de septiembre de 2009

Ischigualasto y Talampaya

En la región de Cuyo, Argentina guarda dos tesoros arqueológicos y paleontológicos de enorme valor científico y mayor belleza: Ischigualasto y Talampaya, ambos declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO.



Están a pocos quilómetros de distancia, el primero en la provincia de San Juan y el segundo en La Rioja, pero son dos lugares completamente diferentes.
Ischigualasto, conocido popularmente como el Valle de la luna, es gris y ondulado, muy parecido a la superficie lunar (según dicen al menos), mientras que Talampaya está formado de grandes paredes de tierra roja.

Desde el punto de vista científico Ischigualasto "basa su valor e importancia en el agreste paisaje y su requiza paleontológica. Su fama radica en la gran cantidad de restos fósiles que yacen, condensados, desde el período triásico de la Era Secundaria que comenzara hace unos 248 millones de años y que se caracterizó por la expansión de los primeros dinosaurios y mamíferos", pero esta fría explicación no alcanza para explicar la magia del lugar. Es como si fuera otro planeta.
Este Parque Provincial es muy extenso pero los sectores que pueden ser visitados están restringidos para proteger las zonas de mayor valor científico adonde habitualmente se hacen investigaciones. En el recorrido, que se hace en auto o combis con paradas señaladas por los guías, puede verse la zona que le dio su nombre popular, una superficie ondulada de tierra gris y caprichosas formas naturales esculpidas por el viento.
El hecho de tener que ir en auto y ceñirse a un recorrido marcado es algo molesto porque todos quisiéramos perdernos en ese paisaje de ensueño, sin embargo, es evidente la importancia de preservar este sitio. En el parque también hay un centro de interpretación bastante bien organizado con réplicas a tamaño natural de los dinosaurios encontrados en el lugar.
La entrada al parque cuesta $40 para el circuito tradicional y los alternativos (Cerro morado o paseo con luna llena) $25 más.

Talampaya es otra cosa pero igual de espectacular. Este lugar es el cañón de enormes paredes de tierra colorada que lo hacen a uno sentirse insignificante. También, como en el caso de Ischigualasto, el recorrido abierto a los visitantes es muy pequeño considerando la extensión del parque y se hace en unas combis propias del parque, cuyos servicios turísticos están condicionados.
En el recorrido pueden verse las imponentes paredes del cañón, vegetación autóctona, pinturas rupestres y formas naturales formadas por la erosión.
La entrada al parque nacional cuesta $7 y la combi (obligatoria) $45 por persona.
Si bien el paseo es una maravilla, en este caso sí sentí que la obligación de ir en esa combi era una molestia y no lo disfruté tanto como hubiera querido, porque lo vi todo por una ventanilla. De todos modos hay paseos a pie e incluso paseos en noches de luna llena.

sábado, 5 de septiembre de 2009

San Pablo

Realmente no sabía que esperar de San Pablo cuando fui hace dos años. Que fuera una de las grandes metrópolis del mundo, con casi 30 millones de habitantes o que se dijera que la gente rica se desplaza en helicóptero por el tráfico y la inseguridad, entre otras cosas, me hacían preguntarme con qué me encontraría y me encontré... con Brasil!
Porque San Pablo es súper Brasilera, es una gran ciudad con aire tropical e informal, es un gran centro de negocios pero en las mismas calles donde se alzan edificios neoyorquinos hay un señor con un carrito vendiendo abacaxi en rodajas.
Estuve sólo un día pero bastó para que me encantara y me dieran muchas ganas de volver a conocerla mejor.
Lo primero que conocí fue la rodoviaria (terminal de omnibus) porque en realidad había viajado con amigas a pasar fin de año en Río pero volamos con una oferta a San Pablo y viajamos en bus a Río. Cómo nuestro avión llegó de noche tuvimos que esperar en la terminal hasta que salió el bus a las 5 de la mañana. No la voy a recomendar como sitio turístico pero, en caso de necesidad, se puede parar ahí sin problemas, hay seguridad y algunos locales abiertos como para entretenrse en la espera. Volvimos a San Pablo al término del viaje para tomar el avión de regreso y, en esa ocasión, decidimos pasar el día ahí.

Primero fuimos al centro, donde está la Catedral da Sé, y ahí encontré la primera sorpresa porque si bien tiene todos los ingredientes del centro financiero y de negocios de una gran ciudad, conserva la topografía típica de las ciudades brasileras y los imponentes edificios están construidos sobre morros. Hay puentes y viaductos para salvar los obstáculos, uno de los más famosos y bellos es el viaducto de Chá (té) y del otro lado está el Teatro Municipal.

Después nos fuimos hacia el edificio Copan, una obra del célebre arquitecto Niemmeyer, que me encantó por su "liviandad" a pesar de ser una mole de muchos pisos de altura. Está frente al edifio Italia, también muy bueno.

También fuimos hasta el Mercado Municipal. Está muy cerca de la Praca da Sé y para ir pasamos cerca del Monasterio de Sao Bento y por una zona de comercio mayorista que me hizo acordar al barrio de Once de Buenos Aires y donde encontramos todos los collares y pulseritas que habíamos comprado en Paraty y Río como si fueran artesanías. Increíble!
El mercado es una maravilla tanto por la arquitectura como por los puestos que, como en todo Brasil, venden productos exóticos. En la planta baja están los puestos de venta y en la planta alta hay bares y restaurantes que venden lo que parece ser la especialidad de la zona, además del pan de queso, unos gigantescos sandwiches con más o menos 500grs de mortadela.

Luego visitamos la famosa avenida Paulista que concentra algunos de los edifios más modernos de la ciudad y el Museo de Arte de San Pablo MASP, o "maspi" como le dicen los brasileros. Es un interesante edificio sostenido por dos estructuras de hormigón en los extremos que dejan una amplia plaza seca debajo del museo, da un poco de miedo.
Frente al museo está el Parque Siquiera Campos que es una especie de botánico y es un solaz en medio de esta agitada zona. Detrás de la Paulista hay una zona muy linda, mucho más tranquila, con negocios, restaurantes y bares.

Terminamos el recorrido donde lo habíamos empezado, en la rodoviaria, lamentando habernos quedado tan poco tiempo.

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Interrumpo la serie del viaje por Medio Oriente para hablar de una cuestión que muchos hemos experimentado, que algunos temen y otros amamo...